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Lecciones de la granja: la ceguera defensiva

Publicado el sábado, 04 de noviembre de 2017. Revisado el sábado, 04 de noviembre de 2017.
Autor: Tamara Strijack

Esta es una historia sobre la ceguera defensiva, surgida tras unas reflexiones sobre Butterscotch (una alpaca), la puerta de una cerca y un corte de pelo.

Cada mañana nuestras alpacas se mueven del campo delantero a la parte trasera de la granja. Las primeras veces que guiamos el rebaño las alpacas siguieron nuestros pasos. Abríamos la primera puerta y nos seguían mientras caminábamos (o corríamos, a veces, para permanecer en cabeza) a través de la puerta trasera y hacia el campo.

Sin embargo, no les costó mucho tiempo dominar esta rutina, hasta el punto en que nuestra presencia para guiarlas ya no fue necesaria. Una vez que la primera puerta se abría, el juego empezaba y se apresuraban a pasarla para llegar a la hierba del otro lado.

Un día nos llamó la atención que, mientras que seis de las alpacas corrieron directamente al otro campo, la séptima, a la que llamábamos Butterscotch, parecía estar perdiendo el paso y ¡dirigiéndose directamente a la puerta de la cerca! Estuvimos observándola durante varios días seguidos, viéndola tropezarse con obstáculos, vacilar y poco a poco encontrar su camino de regreso. Desde nuestro punto de vista, parecía que estaba corriendo hacia la cerca a propósito, pero sabíamos que eso no tenía sentido.

Intuimos que tal vez había algo mal en sus ojos, así que a la mañana siguiente tratamos de entrar justo antes de que llegara al cercado. Mi marido la sujetó firmemente (por cierto, que a las alpacas no les gusta nada), mientras yo buscaba señales de lo que estaba mal. No tardé mucho en darme cuenta del problema: ¡Butterscotch necesitaba un corte de pelo! Su fibra, la versión del cabello de las alpacas, había crecido justo sobre sus ojos, dificultándole ver cualquier cosa. El pobre animal había estado dando vueltas en su mundo de alpacas, tratando de encontrar su camino al campo o al heno, y no siempre con éxito.

La solución era clara. Necesitaba un corte de pelo y ese era el mejor momento. No importaba que mis habilidades para cortar el pelo dejaran mucho que desear, pero era necesario hacerlo y ese era el momento adecuado. Encontré unas tijeras, y mientras mi marido luchaba para mantenerla inmóvil, traté de liberar los ojos de Butterscotch. No fue el corte de pelo más bonito, pero no creo que a la alpaca le importara. Me pareció notar un escalofrío de alivio cuando se liberó y salió corriendo, esta vez en la dirección correcta. Con la crisis (y la factura del veterinario) evitada, también respiramos con alivio.

Mientras pensaba en lo que le había ocurrido a Butterscotch y su aparente ceguera, recordé algo que había observado en los humanos. Pensé en algunos de los jóvenes que había observado en la escuela: literalmente se meterían en problemas, igual que Butterscotch se iba a la cerca. No veían qué estaban caminando en esa dirección porque no podían leer las señales. No leyeron la falta de aceptación en los ojos o la voz de alguien, ni los detalles en el lenguaje corporal, y así se metieron donde no fueron invitados y se encontraron en situaciones que eran incómodas para los que les rodeaban. Inevitablemente se encontrarían en problemas, ya sea literal o figuradamente. Tal vez también tú misma hayas sido testigo de esta situación.

Sin embargo, mientras que la ceguera de Butterscotch provenía del pelo que crecía sobre sus ojos, no podía decirse lo mismo de los estudiantes que observé. Venía de un lugar diferente, de algo interno. Todavía era una especie de ceguera, pero arraigada en la defensa. Básicamente, el cerebro estaba bloqueando todo lo que consideraba demasiado difícil de ver, demasiado vulnerable o demasiado alarmante. Como el pelo de Butterscotch frente a los ojos que impidió que las cosas clave e importantes se vieran, nuestro sistema de defensa natural puede inhibir lo que vemos de nuestro mundo. Interfiere con lo que sentimos y en la capacidad de percibir lo que está delante nuestro (¡a veces por muy buena razón!). Y esto puede parecer ceguera.

Así que, si el cerebro de un niño ha detectado un fallo o que no se le invita a una situación, entonces ni lo registra ni lo percibe. Y el niño permanece ciego. Mientras que esto les ayuda a funcionar en un mundo que les puede herir, puede dificultar ciertas cosas: es posible que su atención se disperse, las cosas pueden complicarse socialmente y, desde luego, tendrán más problemas que los que representa la puerta de una cerca. Además, por desgracia, en este caso un corte de pelo no resolverá el problema.

El camino a través de la ceguera defensiva es ir junto al niño, el adolescente o incluso el adulto, y hacer lo que el cerebro está tratando de hacer: proteger y hacer las cosas de manera segura. Estos niños necesitan un escudo de protección para las flechas que se les lanzan. Su carga es excesiva. Al mismo tiempo, necesitan un lugar seguro que les ayude a ver y reflexionar sobre las dificultades, de una manera que se sientan capaces y no sobrepasados.

En un contexto de conexión y dentro de la seguridad de nuestro escudo, podemos ayudarles a sintonizar, con suavidad, las situaciones que son difíciles de enfrentar y las emociones que son difíciles de sentir. Podemos encontrar maneras de rebajar la alarma en su mundo. Podemos buscar donde están notando demasiada separación de las personas y cosas a las que están unidos, y encontrar maneras de reducir esa separación. Podemos hallar formas de ayudarlos a liberar parte de la energía emocional acumulada en forma de frustración y de alarma. De hecho, todas estas cosas son útiles para cualquier niño, independientemente de su edad, y no solo para aquellos cuyo sistema de defensa está trabajando horas extras.

Sin embargo, es tentador darles solo un corte de pelo porque resulta mucho más fácil.


Sobre Tamara Strijack
Tamara Strijack es Consejera Clínica en la isla de Vancouver. Es hija del Dr. Gordon Neufeld y trabaja con niños, adolescentes, mujeres y padres en campos como la crianza, la adolescencia, la ansiedad y el crecimiento personal.

Documentos de Tamara Strijack publicados en Crianza Natural

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