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Enseñar a no compartir obligatoriamente

Publicado el lunes, 13 de noviembre de 2017. Revisado el lunes, 13 de noviembre de 2017.
Autor: Liz Torres Almeida

La mayoría de los adultos damos por bueno que hay que enseñar a los niños a compartir. Parece un valor de sobra admitido y lo normal es que, cuando un niño va a donde otro a coger algo con lo que está jugando, algún adulto intervenga para animarle a ceder el juguete. Incluso si el primero se enfada, puede que el adulto también se enfade. Porque el egoísmo está mal y compartir está bien, como todos sabemos.

Por eso, nos sorprende cuando alguna madre o padre no hace lo propio con sus hijos, cuando le pregunta a su hijo si quiere dejarle el juguete al niño que lo pide y, si esta es negativa, no hace por forzarle al préstamo. Incluso se sabe que algunos colegios funcionan así. Los niños pueden tener algo hasta que se cansen y, si tienen que ir al baño o a tomar la fruta, la maestra se encarga de custodiar el juguete, el columpio o cualquier cosa de uso común. Este proceder nos suele sorprender, cuando no indignar, porque está mal y compartir está bien.

Sin embargo, hay motivos para cuestionarse esta política en la que casi todos parecemos estar de acuerdo, porque, en efecto, hemos sido criados así y cuesta romper con esas interiorizaciones primarias que se sujetan a una moral ampliamente aceptada, aunque, por cierto, cuando somos mayores nos la saltamos cuando queremos. ¿Les hacemos algún favor a nuestros pequeños si les enseñamos a que pueden tener todo lo que quieren porque simplemente lo quieren? ¿En el mundo real, más allá de los parques y los parvularios, es esto posible? ¿Se puede pasar por encima de otro para conseguir lo que tiene y nosotros queremos? La educación en la primera infancia debería servir para conocer el mundo, como una especie de ensayo controlado, y así poder extrapolar esos aprendizajes al conocimiento del medio en general. No parece que la vida en sociedad sea muy consonante con eso de forzar al prójimo a que te ceda lo que no quiere, ¿verdad? Más bien parece que es un patrón indeseable en la vida adulta, relacionada con los comportamientos antisociales de coacción y delincuencia.

Nosotros no nos saltamos las colas ni cogemos el móvil de otro o sus gafas de sol. Y no es una cuestión de valor económico; para un niño de dos años, su pala de plástico en un arenero es su posesión más preciada. Simplemente convivimos con la decepción de no poder tenerlo todo aquí y ahora. Sabemos que hay cosas que se pueden conseguir teniendo paciencia o trabajando duro, e incluso pidiendo si nos las dejan, que puede ser que sí y es genial, o puede ser que no, que es posible. También nos gusta que se nos respete. ¿Por qué no procuramos que los niños aprendan a compartir (o no) en esta dirección? Ni siempre, ni obligados.

Tenemos tan arraigado que nuestros hijos (pero no nosotros) tienen que compartir que incluso nos da vergüenza decirles que no tienen por qué. Es de mala educación y, si tú no lo piensas, ya se encargarán las miradas de los otros padres de hacértelo ver. Que si ya queda feo ser una maleducada, no te cuento lo feo que queda maleducar a las criaturas. Pero, ¿quién tiene menos modales? ¿Quién intenta disfrutar de lo suyo o quién intenta arrebatar lo que no es suyo a una persona que claramente deja ver que no quiere? Porque otra cosa no, pero los niños, incluso los que ya se saben la retahíla del compartir, son bastante claros expresando su disgusto. Podríamos decir que son asertivos, algo bastante deseable de hecho para prevenir abusos de cualquier tipo, por poner un ejemplo fuera de toda duda.

En cuanto a esto, una madre que no obliga a compartir relató su experiencia en Facebook y entre los comentarios destaca uno muy interesante, firmado por un educador: "Estoy completamente de acuerdo con esto. Cuando no se enseña a los niños a afirmarse cuando es necesario, la cosa deriva en situaciones de intimidación. He visto esto pasar muchas veces desde edades tempranas, como 2 ó 3 años, hasta la escuela secundaria. Son lecciones porque hablamos de compartir juguetes, pero, si alguien no aprende a afirmarse entonces, ¿cómo podrá hacer lo mismo cuando se trate de su tiempo, su talento o su cuerpo? Les digo a mis estudiantes que no tienen que compartir sus juguetes si no quieren. También les dejo elegir con quiénes quieren compartir las cosas que uso con ellos para trabajar... Si no es una propiedad comunitaria, los niños extraños no pueden llegar y exigir algo de otro porque no se les ha enseñado adecuadamente sobre compartir e interactuar con otros... Es un problema enorme que comienza temprano y continúa hasta bien entrada la edad adulta".

Desde el ámbito profesional, este tema también admite discusión. Desde Piaget, muchos autores han venido formulando cómo es el desarrollo cerebral del niño, qué habilidades se tienen al nacer y cuáles (y cuándo, aproximadamente) se van adquiriendo conforme el niño crece. Desde los 2 hasta los 8 años se tiene por bueno considerar que el psiquismo del niño es egocéntrico. Esta no es una característica peyorativa ni mucho menos, es meramente descriptiva y se refiere a la inclinación que posee el niño para poder centrar la atención exclusivamente sobre sí mismo. Así, todo gira en torno a sus propios sentimientos o pensamientos, por lo que ponerse en el lugar de los demás le resulta imposible de forma natural (aunque puede aprender a recitar los discursos morales que les damos los mayores). En todo caso, es una etapa de duración variable. Aunque no enseñemos a compartir, habrá un momento en que compartan por iniciativa propia sin ser forzados, como seres sociales en convivencia grupal que son. Es una cuestión madurativa como tantas otras (control de esfínteres, razonamiento deductivo, etc).

En definitiva, cabe replantearnos los dogmas que siempre hemos dado por buenos y ensayar respuestas que no estén reñidas con los buenos modales. Podemos enseñar a nuestros hijos a decir que no quieren prestar, o que no todavía, o a negociar trueques y, en definitiva, a respetarse a sí mismos y a los demás de otra manera más realista y menos complaciente.

Referencias:


Sobre Liz Torres Almeida
Liz Torres Almeida es psicóloga y sexóloga. Es madre de un niño y ahora está esperando a su segundo bebé.

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