Si aún no lo has hecho, suscríbete a nuestra web

Teléfonos de contacto:
936 452 369
649 413 479
Formulario de contacto

¿Por qué los niños protestan al ir a la cama?

Publicado el jueves, 15 de febrero de 2018. Revisado el jueves, 15 de febrero de 2018.
Autor: Liz Torres Almeida

Normalmente, llevar a los niños a la cama es toda una odisea: protestas, excusas... y ya pueden estar cayéndose de sueño que lo negarán con vehemencia. Nos dicen que tienen hambre, o sed, o que les contemos un cuento, y luego otro, cualquier cosa es válida para ofrecer resistencia. Dicen que les da miedo la oscuridad, los monstruos del armario o los de debajo de la cama. Los más pequeños, cuando no tienen habilidades de negociación o, directamente, no saben hablar, gritan.

Algunos autores (cada vez menos, afortunadamente) han venido argumentando que este comportamiento es patológico, que proviene de la debilidad de los padres y perjudica a los niños. Se han escrito libros apremiando a los padres a que se mantengan firmes en este pulso, que no cedan, que sus hijos son unos chantajistas, que deben imponerse por el bien de las criaturas. En nuestro país destaca Estivill, cuyo método en formato libro superventas pretende enseñar a dormir a las criaturas. Varias generaciones han sufrido este despropósito en que el autor anima a los padres a no inmutarse aunque el bebé vomite o se pegue golpes en medio de su angustia. En palabras de la psiquiatra Ibone Olza, «una apología del maltrato infantil», cuyas consecuencias psicológicas moldean el carácter y pueden llevar fácilmente a necesitar futura terapia.

Sorprende lo universal del problema. ¿Por qué la mayoría de los niños desafían la voluntad de sus padres en este tema en particular? Siendo el sueño algo necesario, beneficioso y placentero (¡cuántos mayores quisiéramos dormir más y mejor o dormir «como un bebé»!), ¿a qué viene tanta guerra?

Bueno, no es algo tan universal. Realmente es un problema propio de occidente y de las culturas occidentalizadas. En el resto del mundo, lo normal es que los niños pequeños duerman en la misma habitación que sus padres y cuidadores, generalmente en la misma cama. Cuando contamos a estas personas que en nuestra cultura los llevamos a dormir a sus propias habitaciones, solos y a oscuras, reaccionan con sorpresa. Les da pena, directamente. Especialmente a aquellos que pertenecen a sociedades similares a las de nuestros antepasados cazadores-recolectores, porque entienden muy bien la reacción negativa que tienen los niños ante la perspectiva de quedarse solos en la oscuridad y comprenden sus razones.

Hace 10.000 años todos éramos cazadores-recolectores. Vivíamos en un entorno en que cualquier niño pequeño, solo en la oscuridad, sería un tentempié sabrosísimo para los depredadores nocturnos. Monstruos del armario muy reales, con dientes y garras. La única protección disponible era la manada humana, adultos capaces que pudieran garantizar un ataque en defensa, disuadiendo al depredador de acceder a una presa fácil. En la historia de la evolución de nuestra especie, aquellos niños que gritaban asustados al quedarse solos llamaban la atención de los adultos para beneficiarse de su cercanía y protección, de modo que sus probabilidades de supervivencia (y con ella, la transmisión genética a las futuras generaciones) eran mayores que las de aquellos bebés que dormían plácidamente dejando al azar su destino.

Cuando nuestros hijos protestan a la hora de dormir no nos están retando por capricho. Lo que están haciendo, sin ni siquiera ser conscientes, es gritar por su vida por puro instinto de supervivencia. Aún responden a la necesidad de ese contexto de hace 10.000 años, que genéticamente es antes de ayer. Saben que quedarse solos por la noche es un suicidio.

Esta circunstancia es un ejemplo del concepto de «desajuste evolutivo», un desfase entre el ambiente de nuestros antepasados ​​evolutivos, el que determinó nuestra genética, y el ambiente en que vivimos hoy. En aquel contexto, un niño solo corría serio peligro de ser comido. Hoy no es así, por lo que el miedo del niño nos parece irracional y se tiende a pensar que debe aprender a superarlo. O peor, si se hace caso a los «expertos», se puede pensar que nos está retando, vacilando o subiéndose a la chepa y que lo tenemos que enderezar porque se nos desmadra por ineptos. En resumen, tenemos personas sufriendo en una lucha innecesaria contra sus hijos, pensando que están haciendo lo correcto por el bien de sus hijos y por ayudarlos a superar sus miedos, cuando todo lo que necesitan los niños es mantenerse cerca de nosotros y sentirse cuidados, hasta que la propia madurez de su sentido racional venza al instinto primario de supervivencia.


Sobre Liz Torres Almeida
Liz Torres Almeida es psicóloga y sexóloga. Es madre de un niño y ahora está esperando a su segundo bebé.

Documentos de Liz Torres Almeida publicados en Crianza Natural

Compártelo:

© 2003-2018. Crianza Natural, S.L. Todos los derechos reservados. Este documento no puede ser reproducido por ningún medio, total o parcialmente, sin autorización expresa de Crianza Natural, y, en su caso, de los autores y traductores.