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Un trabajo de mujeres: la carga mental en la gestión del hogar

Publicado el sábado, 17 de marzo de 2018. Revisado el sábado, 17 de marzo de 2018.
Autor: Liz Torres Almeida

“Recuérdamelo” es la orden que más me dirige mi pareja, que es a todas luces un tío progre de hoy; que cocina, friega el baño y cambia, lava y tiende los pañales. Además de salir a trabajar para cubrir los gastos familiares, como debe de ser. Lo esperable es que estuviera encantada, porque trabaja fuera y dentro. No como yo, que solo trabajo dentro. ¿Pero es el reparto proporcionado de las tareas domésticas garantía de que el hombre contemporáneo, el tío enrollado de hoy en día que posa porteando bebés en Instagram, asume la gestión del hogar como una responsabilidad compartida? Parece que muchas coincidimos en que no. Últimamente se empieza a reflejar en los medios y en las redes eso que se ha tenido a bien denominar “carga mental”, un montante nada discreto de preocupaciones administrativas que nos tragamos (y rumiamos, porque lo solapamos con todas nuestras ocupaciones “de hecho” como el trabajo, la casa, la prole, la burocracia) prácticamente en exclusiva las mujeres. Hay que recordar, planear, pedir, supervisar, confirmar, proponer, asegurar y rectificar tres mil pequeñas o grandes cosas. Desde buscar una oferta mejor de compañía eléctrica, a constatar que la colada está tendida, a reflexionar sobre los retos que conlleva el estreno de instituto el próximo curso para nuestra hija mayor.

Si el “recuérdamelo” es una promesa de doble filo (porque la responsabilidad vuelve a ser mía y el olvido, mi culpa), el “no me lo has pedido” es la excusa padre. Es que las mujeres tenemos que pedir. Pero ojo con pedir de más, no nos vayamos a pasar de mandonas y dejar de calzonazis a nuestros maridos. Así nos movemos, en el equilibrio (y desequilibrio, sobre todo) de coordinar las vidas de todos, los menores a nuestro cargo, los adultos responsables con los que hemos puesto en común la vida y, con suerte, un par de animalitos que amar y pasear. Y es que, a veces, sale más a cuenta asumir que es lo que nos toca por tener útero que tener que pedir constantemente, negociar, recordar y hacer pedagogía de la igualdad. Que es exactamente lo que hemos mamado de nuestras madres, tías y abuelas. Gajes del útero, te ha tocado. Y da igual que la mujer se haya incorporado masivamente al trabajo remunerado en el mercado laboral, porque en igualdad de condiciones con los maridos palmamos lo mismo en casa, al ser una cuestión estructural arraigada.

Tenemos, entonces, toda una horneada de hombres dispuestos a ser peones del hogar, con suerte. Pero no es solo una cuestión de tareas objetivas. Muchas de las cosas que hacemos son el acto último de toda una divagación mental. De principios, pensamiento, documentación, extracción del axioma principal a la particularidad de nuestra circunstancia, balance, experiencia y muchas otras variables que se desarrollan tanto de manera automática como esforzada en la toma de muchas decisiones cuando se capitanea una familia. Elegir un colegio acorde con nuestro estilo de crianza, posibilidades económicas y entorno físico. La dieta familiar. Las rutinas. Las normas inamovibles y los caballitos blancos. El tipo, tiempo y compañía de ocio. Muchas de estas cuestiones básicas de esquemas familiares se desarrollan en el pensamiento de las mujeres y llegan masticadas al momento de la exposición y la aprobación en consenso. Y, claro, pensar cuesta trabajo. No por nada muchas profesiones valoradas social y económicamente se llevan a cabo estrujándose los sesos y no solo machacándose los cuerpos. Aquello tan elitista de la capacidad y el ingenio. Aquello que luce en contratos, cheques y currículos de Linkedin. Aquello con lo que lidian todos los días las amas de casa sin que nadie le de el valor que se merece (no te cuento ya un céntimo o un reconocimiento sociolaboral). De hecho, muchas sentimos que declararse ama de casa suscita pena cuando no desprecio. Porque no valemos para más o, a saber, somos unas mantenidas. O unas antiguas. O de derechas. Cualquier cosa que al de enfrente le parezca lo peor somos las amas de casa. Y eso que no es una profesión excluyente: a ver quien es la guapa asalariada que no ejerce de señora de su casa y de sus hijos, a tiempo completo si la nómina es justita o en el tiempo que no está el servicio, si es el caso. ¿A cuántos hombres les preguntan si son amos de casa? ¿A cuántos les halagan que ayuden a la parienta? De oficio, “sus labores”. Ahí es nada. Conozco muchos padres que no saben cuándo toca la siguiente vacuna, dónde guardamos los calcetines, que no han grabado el número del cole en la agenda del móvil ni tienen foto del calendario escolar en su galería, que no saben cómo ha llegado ese cuento tan chulo de un monstruo que ordena sus emociones pero les parece todo un acierto, que cogen al niño cuando llora porque su mujer le ha contado no se qué de una sustancia en el cerebro pero mejor que te lo explique ella, que no saben ni en qué día viven, ¿es hoy cuando me toca lo de la colada?

Lo cierto es que el trabajo reproductivo, de crianza y del hogar no remunerado supone una parte importantísima del PIB: un 32,4 % (21.342 millones de euros) en Euskadi en 2013, por ejemplo. Es decir, creamos (y criamos) riqueza tangible con nuestro trabajo esclavo. Si le sumamos que muchas renunciamos a un trabajo convencional remunerado a los 4 meses de edad de nuestras criaturas por nuestra idea y necesidad de crianza tenemos como consecuencia un problema injusto de precariedad por la cara.

Ya que un reconocimiento preciso y profundo en lo político es una utopía hoy, al menos cabe esperar una corresponsabilidad real en el auge de la igualdad que se pregona. La voluntad está muy bien. Que los hombres estén dispuestos a asumir el reparto de tareas en hogar y crianza es estupendo. Que porteen a los niños, cumplan con su parte del convenio y asuman su cargo de adulto progenitor. Pero es necesario reconocer lo invisible como parte fundamental de la estructura familiar y social. Es un buen legado para nuestras hijas e hijos. Que no asuman unas que el cargo les viene con el útero, que no entiendan ellos que les hace buenos obedecer por testículos.

Referencias:

  • http://www.eldiario.es/micromachismos/Deberias-haberlo-pedido-comic-mental_6_661843823.html
  • http://www.pikaramagazine.com/2014/03/diez-puntos-basicos-para-generar-una-revolucion-social-desde-el-trabajo-domestico/
  • http://www.eldiario.es/norte/euskadi/equivale-trabajo-domestico-PIB_0_488551640.html

Sobre Liz Torres Almeida
Liz Torres Almeida es psicóloga y sexóloga. Es madre de un niño y ahora está esperando a su segundo bebé.

Documentos de Liz Torres Almeida publicados en Crianza Natural

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