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Estereotipos de género: La cultura como mutilación expresiva

Publicado el miércoles, 16 de mayo de 2018. Revisado el miércoles, 16 de mayo de 2018.
Autor: Liz Torres Almeida

Entendemos como estereotipos de género el conjunto de ideas preconcebidas sobre las tendencias conductuales de mujeres y hombres, que determinan qué papeles esperamos como sociedad que unas y otros desempeñemos. Y no nos libramos nadie. Por muy modernas que seamos, por respetuosas o abiertas de miras, por mucho que tengamos hijes o hijxs, es realmente difícil esquivarlos cuando nos ponemos a criar.

Yo me tengo por una mujer de mis tiempos, millennial, concienciada a tope con la diversidad y la libertad por formación y profunda ideología. El pasado diciembre quise regalar a mi hijo mayor una casita de muñecas que fuera tipo maletín, de madera y asequible. Y fue una auténtica odisea dar con la casita ideal. En realidad encontré muchas casitas de tipo maletín, de madera y asequibles. Pero tenían rosa las tejas, la puerta, los armarios y hasta el váter. ¿Y qué más da? Pues da. Porque, aunque yo pase del tema y mi hijo de tres años aún conserve la perfecta ignorancia con la que nacemos frente a las bobadas, entiendo que el mundo es más allá que nuestra casa y que es probable que, en algún momento, adquiera influencias que le lleven a dudar de lo que mola su casita o rechazarla directamente. Ser el bicho raro no es ni cómodo, ni evolutivo, especialmente para una persona de corta edad. El grupo de pares, ese destino social que todos tenemos, no deja lugar a la duda. La transgresión y el orgullo bizarre son elecciones adultas. Sin embargo, la actividad lúdica es un impulso instintivo del periodo infantil que forma parte del proceso de aprendizaje y conecta al sujeto con su entorno (Erikson, 1974). Los juguetes son, debido a ese interés innato de las criaturas, instrumentos educativos muy a tener en cuenta, transmisores de un determinado sistema de valores socioculturales, mucho más significativos que tres sermones de madre.

Al final conseguí una casita multicolor “apropiada para niños”. Los niños y las niñas necesitan exactamente lo mismo para su desarrollo. Las muñecas no enseñan a ser madre; reconectan con la empatía y los cuidados, y estaremos de acuerdo en que toda la humanidad necesita aptitudes como esas.

Y es que lo unisex sigue siendo una falacia. Hay largos pasillos rosas excluyentes en todas las jugueterías, y no hay tutús ni lazos en la ropa unisex de las marcas que hacen campañas virales reivindicando la ruptura con lo asignado al sexo. La comunicación que nos llega (los contenidos de la tele, los anuncios, los espacios de ocio, el comportamiento público…) posibilita, en su perfecta conjunción, que los estereotipos se integren en una indicación muy clara de lo correcto.

Los estereotipos, además de absurdos, también son variables. De hecho, la indicación rosa/nena y azul/nene es un invento relativamente reciente. Primero fue que el rosa era de niños, porque es la forma infantil del rojo (un color de fuertes, de alfas, de la bravura, agresividad y poder, un color de lobos) y el azul de niñas (que las buenas niñas no quieren ser lobas). Y antes de que las modas estuvieran de moda, simplemente se vestía a los bebés de blanco que es de dónde mejor sale la mierda con lejía. Lo cierto es que es más difícil sexar bebés con los genitales vestidos que sexar pollos. Y nos ponemos nerviosísimos cuando nuestro cerebro, en sus ansias de categorizar, no sabe dónde encasillar a los seres que observamos, así que la mayoría agradece que les demos pistas.

A veces nos damos permiso para, supuestamente, subvertir los estereotipos. Por ejemplo, hace 30 años los niños no jugaban con cocinitas y ahora hay un niño cocinando en todos los catálogos de juguetes. La verdad es que los grandes chefs, esos magníficos profesionales que acumulan estrellas y halagos mientras esclavizan becarios, han hecho un gran favor a los fogones de mentirijilla. Porque cuando cocinar era de marujas, de señoras que laboraban en sus labores, solo las nenas y los nenazas jugaban a cocer habas.

A pesar de las tendencias cambiantes, lo cierto es que el estereotipo permanece y que nuestras expectativas, más o menos conscientes o automáticas, no dejan de decirnos lo que se espera, o es deseable, o es peligroso, según el sexo de la criatura. Los chicos no lloran, las chicas son sensibles. Les gusta dar patadas a balones a unos, les gusta bailar a las otras. Las carreras de ciencias; las de letras. Las pelis de acción; las comedias románticas. Ser un caballero; la pudorosa candidez. No maduran; son precoces. A malas se pegan; a malas critican. Unas madres tenemos miedo de que a nuestro adolescente le den un navajazo y otras, a que a la suya la violen. Que sea un bala perdida y que sea una guarra. Y así hasta el infinito.

Los más reaccionarios aluden a aproximaciones neurológicas que ya están desfasadas, para desgracia de las revistas de varietés que publican alegres reportajes con cosas de hemisferios cerebrales y habilidades variopintas según el sexo, justificando de alguna forma el escaso acceso y reconocimiento de las mujeres en ciencia, por ejemplo, y qué no explican por qué si las mujeres destacamos en sensibilidad artística nos quedamos en musas, en ninfas en topless, mientras que los autores recogen los méritos. Lo cierto es que la diversidad también actúa en el cerebro, la heterogeneidad inherente al ser humano se impone. Algunas diferencias estructurales no explican en absoluto las diferentes funcionalidades (Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic. Joel y colaboradores, 2015).

Estereotipar por género no deja de ser una mutilación espantosa de la intrínseca poesía del ser humano. Un catálogo de exhortaciones y prohibiciones que nos obliga a encajar o a sufrir, favoreciendo un clima psicosocial de grave malestar asumido porque todos, sin excepción, estamos construidos de ladrillos rosas y azules (y verdes, morados…). Más aún, las repercusiones de los estereotipos no se limitan al ámbito de lo privado, sino que son responsables directamente de gran parte de las problemáticas estructurales que con más ahínco se pretende acabar en las sociedades progresistas: la violencia machista, la desigualdad de oportunidades laborales, la brecha salarial, la precariedad de las cuidadoras, etc.

La educación es la única herramienta posible a la hora de evitar la transmisión de estos lastres. Desde nuestro hogar y a pequeña escala, tratar de huir de ellos e identificar, verbalizar y revisar aquellos a los que inevitablemente queden expuestos nuestros hijos. Probablemente podemos proteger en algún grado la expresión única de nuestros hijos si les ayudamos con la tarea, si comprenden que el pelo largo no es de nenazas ni los camiones de marimachos, que nenaza y marimacho son insultos y no adjetivos, y que nosotras, sus madres y padres (que somos sus heroínas, por suerte) les apoyamos totalmente. Pero además de este ideal hay que sopesar la idea de que en un momento dado puede que nuestro hijo se sienta más seguro si se corta el pelo, con toda nuestra pena. A pesar de que le hayamos enseñado quién es Lemmy Kilmister o Johnny Deep. Y eso también es respetarle. Igual no es el momento de hacer sólo un trabajo ideológico. Igual el precio no compensa. Se trata de escuchar a la criatura, lidiar un pulso entre el ideal y la circunstancia y esperar que la semilla florezca.

Fuentes:

  • https://www.facebook.com/KCTS9/videos/331152780705404/
  • http://www.pnas.org/content/112/50/15468
  • http://www.huffingtonpost.es/2018/02/21/artistas-con-localizadores-rojos-invaden-arco-para-recordar-que-las-mujeres-tambien-hacen-arte_a_23367426/
  • http://revistas.um.es/rie/article/view/96421/92631
  • http://www.redalyc.org/html/104/10411360004/

Sobre Liz Torres Almeida
Liz Torres Almeida es psicóloga y sexóloga. Es madre de un niño y ahora está esperando a su segundo bebé.

Documentos de Liz Torres Almeida publicados en Crianza Natural

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