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Una consecuencia inesperada del porteo

Publicado el jueves, 14 de junio de 2018. Revisado el jueves, 14 de junio de 2018.
Autor: Tracy Cassels

Era primavera, abril o mayo, y salí con mi hija a hacer la compra. Lo vi al pasar frente a una casa. Mi hija también lo vio y quiso tocarlo. Entre su necesidad y mi asombro, tuve que parar. “Aquello” era el brote de esas hermosas y brillantes hojas verdes de los muchos arbustos que adornan las casas de camino al mercado o a la parada de bus. Aunque ya vivía en este vecindario muchos años antes de que naciera mi hija, y había caminado por estas calles infinidad de veces, no fui consciente hasta la pasada primavera (la primera con mi hija) de lo hermosas que eran las cosas en primavera. Puede parecer raro, extraño o incluso loco pararse en seco por unos brotes de hojas verdes, pero, antes de que mi hija naciera, yo en la calle era la típica persona. Estaba tan concentrada en llegar a los sitios mientras repasaba en mi cabeza la lista innumerable de cosas por hacer, que nunca me paraba a oler las rosas, ni literal ni metafóricamente.

Podría decir que fue el nacimiento de mi hija lo que provocó la epifanía que me ha cambiado, pero no sería verdad. Durante sus primeros meses de vida di muchos paseos, ya que hacía un agradable verano, pero nunca me concentré en nada de lo que me rodeaba. Estaba totalmente centrada en ella, pero ¿cómo no hacerlo cuando tienes un nuevo bebé maravilloso que huele estupendamente y hace que tu corazón se desborde cada vez que lo miras? No, esta transformación llevó su tiempo. No es que su nacimiento, en sí mismo, no me haya cambiado en absoluto; al nacer ella, murió la parte de mí que siempre tenía que estar en movimiento haciendo cosas, para mi sorpresa. Mi marido admite que le preocupaba cómo me las arreglaría para estar en casa, con un bebé, cuando estaba tan acostumbrada a maximizar el tiempo y ser tan eficiente como para lograr hacer las millones de cosas que me proponía. Su nacimiento cambió esa parte porque cambiaron mis prioridades. Pero, aun así, no conseguí pararme a mirar alrededor. Estaba tan enfocada y concentrada como siempre, solo que hacia mi hija. No, lo que me cambió profundamente fue el porteo.

Podrías decir: “¡Espera! ¿No has dicho que pasear al principio no cambió absolutamente nada? ¿Y ya porteabas, no?” Sí, lo hacía, pero en ese momento mi hija no aprendía demasiado sobre el mundo que la rodeaba, ya que principalmente dormía (aunque sin duda, aprendía de forma pasiva). No empezó a hacerlo hasta que pudo estar despierta durante largos ratos y aprendió a andar; entonces, no quería dormir porque quería ver y tocar todo. Permíteme un inciso… Uno de mis libros favoritos de todos los tiempos es El Misterio del Solitario de Jostein Gaarder, el autor de El Mundo de Sofía (una anécdota: El Mundo de Sofía fue escrito para el protagonista de El Misterio del Solitario y, personalmente, me parece fabuloso). Si has leído este libro, recordarás que en él se analiza cómo la mayoría de los adultos hemos perdido esa perspectiva inicial sobre el mundo y que debemos tratar de mirar el mundo desde los ojos de un bebé, para ver todo de nuevo y así poder disfrutar de la maravilla de mundo que nos rodea. Bueno, cuando leí el libro por primera vez, intenté hacerlo con todas mis fuerzas, pero no pude. Sí, podía ver los brotes en los árboles, pero ¿en serio? Mi mente andaba en otras cosas. Después de todo, solo eran hojas. Para mí fue necesario que un bebé real mirara el mundo con tal asombro para lograr que yo pudiera mirar a mi alrededor con profundidad y me emocionara completamente.

Cuando mi hija creció lo suficiente como para empezar a interactuar con el mundo, portearla significaba que yo también tenía que interesarme por las cosas. Como digo, ella quería pararse a tocar todo. Y se lo permití, dentro de lo razonable, por supuesto. Después de todo, ¿no es esa la mejor forma de aprender sobre el entorno? Recuerdo que las hojas fueron una de las primeras cosas en fascinarle. Nunca se cansaba de mirarlas, nunca se cansaba de tocarlas, nunca estaba lo suficientemente cerca de ellas. Al pasear por la calle, lo primero que hacía era señalar al arbusto o árbol más cercano (si tenía las hojas lo suficientemente bajas) e iba abriendo los ojos más y más a medida que nos acercábamos. Su sonrisa se extendía mientras nos íbamos acercando y llegaba a su plenitud al extender la mano y tocar una hoja. Luego otra, y después otra. Durante un tiempo, lo único que la contentaba al alejarnos de una planta era la promesa (cumplida) de ir hacia otra. Llegados a ese punto, tuve que tomar nota. No me puedo imaginar sentada jugando con mis pulgares, o mirando para otro lado, o mirando el móvil, mientras ese pequeño y maravilloso bebé iba aprendiendo sobre el mundo, mirándolo con esos brillantes ojos curiosos. Quería estar allí, con ella, mientras aprendía del mundo. Entonces empecé a mirar las hojas yo también. Puede decirse que brotaron un poco en mí. Esa nueva mirada a este increíble mundo me caló hondo. Aunque lo había intentado antes, lo había hecho desde un punto de vista cognitivo, pero hacerlo junto a mi hija suponía hacerlo de una manera tan emocional y real imposible de lograr simplemente siguiendo unas instrucciones.

Así me encontré, unos diez meses más tarde, paseando por la calle, sorprendida por la belleza que conlleva una vida nueva. Y como mi hija no tuvo suficiente con su pasión por mirar hojas, también he aprendido a apreciar otras muchas cosas. Por ejemplo, fuimos de paseo una mañana cuando tenía unos 13 meses de edad y acabamos en un camino que estaban excavando para cambiar unas tuberías. Aquello estaba lleno de obreros, excavadoras y tuberías por todas partes. Quiso pararse a mirar, y como la llevaba porteada, podía ver todo perfectamente. Así que nos paramos a mirar. Admito que me impacienté al principio y que quise marcharme al cabo de unos diez minutos. Pero a ella no le pareció bien, así que volvimos a acercarnos a mirar. Estuvimos cuarenta y cinco minutos. Al final, reconozco que fue genial; fue increíble observar todos los pasos necesarios para sacar una tubería del suelo, y la coordinación entre todas esas personas para lograrlo. ¿Y las máquinas que hemos inventado para ayudarnos? Guau, geniales. De hecho, lo disfruté tanto como para llevarla voluntariamente otra vez al mismo lugar en el paseo del día siguiente y pasamos otra media hora mirándolo todo. Ahora que mi hija ya anda salimos a pasear por el vecindario y miramos las hojas caídas, o las rocas que rodean una especie de foso en la casa de la esquina. Seguramente sea una de las caminatas más lentas sobre la faz de la tierra, pero ¿qué más da? Estoy redescubriendo el mundo y todas sus cosas maravillosas, extrañas, sucias y bonitas cuando mi hija las descubre por primera vez.

¿Habría aprendido a detenerme a mirar las hojas si hubiera usado un carrito? No lo creo. Eso no quiere decir que otros padres con carrito no puedan hacerlo, pero yo no. El carrito crea una separación entre madre y bebé, de forma que es mucho más difícil leer lo que el bebé trata de expresar. No es imposible, pero es más difícil, y alguien como yo, que estaba tan concentrada en otras cosas y ajena al mundo, no creo que captara esas señales. Tener a mi hija sobre mi cuerpo, frente a mi cara, significaba incluso perder algunos estímulos visuales y ella estaba lo suficientemente cerca como para llamar mi atención cuando quería. Además, tenerla tan cerca supone que sus llamadas de atención son más difíciles de ignorar, es un hecho psicológico. Si bien muchos artículos y webs (incluida esta) hablan sobre los beneficios del porteo, quiero añadir a la lista mi propia consecuencia inesperada: me ha transformado. Afortunadamente, para mejor.

¿El porteo te ha transformado? Además de todos los beneficios prácticos, ¿ha habido algo en que te haya afectado realmente?

Artículo original: http://evolutionaryparenting.com/my-unexpected-consequence-of-babywearing/


Sobre Tracy Cassels
Tracy Cassels es la autora principal de Evolutionary Parenting. Se licenció en Ciencias Cognitivas en la Universidad de Berkeley, California, ha realizado un master en Psicología Clínica en la Universidad de British Columbia y actualmente está trabajando en un Doctorado en Psicología del Desarrollo también en la Universidad de British Columbia, en el que está estudiando como ciertos factores evolutivos afectan al comportamiento empático de los niños.

Documentos de Tracy Cassels publicados en Crianza Natural

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