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Violencia sexual, tipo de parto y lactancia

Publicado el martes, 19 de junio de 2018. Revisado el martes, 19 de junio de 2018.
Autor: Liz Torres Almeida

La violencia sexual contra las mujeres es un problema de salud pública reconocido, además de que conlleva una implicación social y estructural a todos los niveles. Los estudios sugieren que una de cada cinco mujeres vive al menos un capítulo de violencia sexual durante su vida, y que ser víctima de violencia sexual se asocia a un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud, tanto en el momento del episodio como en el futuro.

Se han realizado algunos estudios con resultados pocos concluyentes en relación al abuso sexual y el parto, si bien, al ser ambos eventos de naturaleza sexual, no es descabellado pensar que el abuso pueda verse reflejado en la vivencia de parto. Destaca una detallada investigación noruega, realizada entre 1999 y 2008, que explora la asociación entre la violencia sexual y el tipo de parto en 74.059 mujeres embarazadas. De las 74.059, el 18,4% indicó haber sido víctima de violencia sexual. De ellas, el 10% tuvo un parto vaginal instrumental, el 4,9% eligió parir por cesárea y el 8,6% tuvo una cesárea de emergencia. La violencia sexual severa (violación) se asoció con la cesárea electiva. Las personas expuestas a violencia sexual moderada tuvieron un mayor riesgo de cesárea de emergencia. En general, la violencia sexual se correlaciona con una mayor tasa de inducción.

Estudios previos sugirieron que el aumento en la tasa de solicitud de cesárea puede deberse al miedo al parto, y que la violencia sexual se relaciona con el miedo a parir. Las mujeres que han sufrido violencia de tipo sexual, debido a su experiencia negativa, son más propensas a desear una cesárea o inducción. La experiencia corporal del parto puede desencadenar recuerdos del abuso sexual y afectar a la capacidad de una mujer para gestionar activamente su parto (incluso activar mecanismos de «lucha») por efecto de las hormonas del estrés, por lo que la mujer percibe un dolor mayor y se incrementa la necesidad de instrumentalizar el parto con su consiguiente lesión perineal. Además del miedo a parir se sabe que, por cuestiones de límite e invasión corporal, las mujeres víctimas de abuso sexual a menudo necesitan aferrarse a una mayor sensación de control, de modo que elegir una cesárea puede ver garantizada esa necesidad. De esta forma, cuando los obstetras tienen conocimiento de que la mujer ha sido víctima de un abuso, están más dispuestos a conceder la programación de la cesárea. En cuanto a la inducción, también parece estar relacionada con esa necesidad de control, aunque en un menor grado, ya que el inicio del trabajo de parto de manera planificada implica también un grado de control de un evento que por naturaleza es imprevisible.

Siendo ambos eventos (abuso y parto) de naturaleza sexual, esta relación no sorprende. Un abuso sexual puede implicar un parto traumático, aunque muchas mujeres que no han sido abusadas acaban viviendo el parto como un evento traumático (y muchas de ellas, reportan conscientes violencia obstétrica), lo que las convierte a su vez en víctimas de violencia sexual (que no de deseo sexual, pero igualmente violencia). Se estima que entre el 18% y el 34% de las mujeres experimentan un trauma relacionado con el parto y, de ellas, un tercio desarrollan trastorno de estrés postraumático. Sin embargo, a pesar de su naturaleza generalizada, la experiencia del trauma relacionado con el nacimiento puede actuar como un aislante social, ya que las madres son alentadas a concentrarse en sus bebés y a "superar" rápidamente su experiencia de parto. El trauma puede afectar a la capacidad de la madre (y de la pareja) de conectar con su bebé y de llevar a cabo actividades normales, y también puede perjudicar la lactancia materna.

El parto traumático implica sentir la amenaza de muerte o lesiones graves a una misma o al bebé, independientemente de lo que perciban otras personas presentes. Desencadena una respuesta de intenso miedo y desamparo. Cuando se desarrolla estrés postraumático, la experiencia se revive constantemente, a través de recuerdos invasivos recurrentes, flashbacks o pesadillas. La mujer se siente angustiada, ansiosa o asustada cuando se expone a cualquier cosa que le recuerde el evento, y trata de evitar esas exposiciones a toda costa. Esa necesidad de evitación puede resultar en dificultad para dormir y concentrarse. También se puede sentir irritable o hipervigilante la mayor parte del tiempo.

Según la Birth Trauma Association, los desencadenantes más comunes son: parto muy largo, parto corto y muy doloroso, inducción, fallo en la analgesia, sentimientos de pérdida de control, altos niveles de intervención médica, cesárea de emergencia, falta de información o explicaciones, falta de privacidad y dignidad, miedo de no estar a salvo, muerte fetal, lesiones, estancia en UCI Neonatal, atención posparto deficiente y trauma previo (abuso sexual, violencia doméstica, trauma con un parto previo).

La lactancia materna puede ser terapéutica para muchas madres después de un nacimiento traumático, y también puede reparar la relación maternofilial de una madre que se siente alejada de su bebé. Pero un parto traumático también puede causar problemas de lactancia materna.

Además de las consecuencias emocionales de devastación materna y relación con el bebé, un parto traumático puede retrasar la subida de la leche. Este efecto está bien documentado y a menudo conduce a una cascada de problemas de lactancia materna incluyendo ictericia, alimentación pobre debido a la somnolencia, extracción deficiente y bajo suministro.

Ante este tipo de parto debemos de maximizar todas aquellas prácticas que ayuden a establecer una buena lactancia materna:

  • Piel con piel, que promueve la liberación de las hormonas necesarias para la lactancia, a la par que reduce las hormonas del estrés y mejora el vínculo entre la madre y el bebé. Algunas madres traumatizadas están demasiado abrumadas para practicar piel con piel, pero vale la pena intentarlo siempre que sea posible.
  • Amamantamiento frecuente y, si es necesario, extracción con sacaleches para acelerar la subida y proteger el suministro de leche.
  • Apoyo profesional para evitar dolor, ya que las reservas emocionales de las madres traumadas son mínimas como para además enfrentarse al posible dolor en los pechos por dificultades de lactancia. Contar con el apoyo de una buena asesora sería de gran ayuda.
  • Motivar a la madre, con objetivos a corto plazo e infinito acompañamiento, en la dirección de «compensar» un nacimiento traumático con una lactancia óptima, reparadora.
  • Suplemento, solo cuando sea médicamente necesario, a ser posible mediante leche materna de una donante.

En los casos en que las mujeres no se puedan beneficiar de lo curativa que puede ser la relación de lactancia debido a que su estado emocional no les permite hacerlo (pueden activar resortes de estrés postraumático), sus seres queridos y los profesionales de la salud deberían procurar cualquier escenario que ayude a estas madres a vincularse con sus bebés, desde permanecer tranquilos y en contacto piel con piel, hasta masajes infantiles, yoga con bebés o cualquier otra cosa que pudiera asegurar la presencia conectada de la díada, además de liberar a la madre de tareas domésticas y obligaciones en general. También puede ser de ayuda contactar con otras madres, a través de redes o de forma presencial, que hayan vivido experiencias similares, sin olvidar el autocuidado y la terapia psicológica o psiquiátrica si es necesario.

Fuentes:

  • http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/1471-0528.12923/full
  • http://theleakyboob.com/2014/05/traumatic-birth-resources-for-healing-and-protecting-breastfeeding/

Sobre Liz Torres Almeida
Liz Torres Almeida es psicóloga, sexóloga y madre de dos niños. Puedes saber más de su trabajo en su página de Facebook: La Mujer Revoltosa.

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