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Tolerancia cero al bullying

María José Fernández

Publicado el jueves, 02 de febrero de 2017 en Educación y crianza


En los primeros momentos del bullying, este puede aparecer como "algo" gracioso, un "chinchar" al compañero con bromas pesadas, que poco a poco deriva en malestar y que se profundiza con el tiempo. Un comentario, y todos ríen. Un mote, y todos ríen. Todos ríen, menos el niño acosado.

Frases como "Defiéndete", "Eso no es nada", "Ya se les pasará" o "No les hagas ni caso", aunque hechas con buena intención, pueden llegar a doler tanto como el mismo bullying y socavar su autoestima hasta el punto de que dejarán de hablar de ello, pasarán a sentirse culpables y entonces el bullying estará establecido.

NO son cosas de niños y ellos no tienen por qué tener la solución.

Ni es cosa de niños, ni es cosa de una temporada. Si se alarga en el tiempo, su herida dará paso a una cicatriz que perdurará de por vida y condicionará el comportamiento y las relaciones interpersonales de quien lo ha sufrido. Mirar hacia otro lado, precisamente tildándolo como "cosas de niños", supone un flaco favor a quien realmente está necesitando la intervención del adulto. Es estupendo ofrecer herramientas a nuestros hijos e hijas para que puedan ellos mismos solventar ciertas situaciones en su vida de manera autónoma, pero puede que no siempre sea suficiente. La detección en un primer momento puede venir desde la escuela. Debemos exigir tolerancia cero al acoso escolar. Lo que comienza por unas risas hacia el que se equivoca puede terminar perfectamente con un maltrato en toda regla en el patio, ya que quien ostentaba la responsabilidad del aula ha permitido el escarnio público en un primer momento.

Se habla de la figura del alumno mediador, pero ¿realmente pensamos que ante un maltrato hay algo que mediar? ¿Deben ser ellos, sobre todo en el caso de la víctima, quienes "solucionen" el problema? ¿Hasta qué punto no estamos poniendo demasiada responsabilidad sobre sus hombros? Ante el maltrato, ante el acoso, no cabe mediación.

El bullying es la semilla de la violencia, del menosprecio y la jerarquía mal entendida.

Sirva como ejemplo un niño que solo ataca a las niñas y que nos deja vislumbrar una violencia de género en ciernes. Comentarios machistas sobre el físico o la forma de ser, atosigantes actitudes diarias que, si no cortamos a tiempo, tanto acosador como acosada tristemente normalizarán.

No existe un truco clave para detectarlo, ni un remedio milagroso como para erradicarlo que no sea el respeto hacia los demás desde el nacimiento. La empatía y la compasión pueden perfectamente acallar la maldad. Porque todos los niños nacen sintiendo bondad, no en vano ellos mismos son amor personificado. No, los niños no son crueles; ni lo son ni merecen ese sambenito. Y es responsabilidad de los adultos que nunca crezca en ellos el germen de la maldad.

Podría tal vez un padre/madre, no ya solo para evitar el acoso sino hacia cualquier situación, comentar a su hijo el hecho de que al colegio no se va a pasarlo mal. Que si está sufriendo, algo erróneo está ocurriendo. Si lo estás pasando mal, algo no va bien. Cuéntamelo, hablémoslo y movamos los hilos para que no sea así. Qué no recaiga la responsabilidad de solucionarlo en el niño acosado.

La infancia y adolescencia es una maravillosa etapa hacia la edad adulta, en la que se cincela la forma de ser. Y los recuerdos, sean bellos o traumáticos, perdurarán por siempre.

Al colegio no se va a pasarlo mal. Ni al colegio ni a ningún lado.


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